Salud pública digital: el creciente desafío para el bienestar mental de una generación

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Salud pública digital: el creciente desafío para el bienestar mental de una generación
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A propósito del informe Ethical Considerations for Youth Mental Health in the Digital Environment, publicado por el Comité Internacional de Bioética de la UNESCO, resulta pertinente reflexionar sobre los desafíos éticos que plantea el entorno digital para la salud mental de niñas, niños, adolescentes y jóvenes adultos, así como sobre la responsabilidad de las instituciones públicas y privadas en la promoción de entornos digitales seguros, inclusivos y respetuosos de los derechos humanos.

Cuando hablamos de salud mental infantil y juvenil solemos pensar en factores familiares, escolares o sociales. Sin embargo, existe un factor cada vez más presente que está transformando silenciosamente la forma en que las nuevas generaciones piensan, sienten y se relacionan con el mundo: el entorno digital.

Durante las últimas dos décadas hemos celebrado la revolución tecnológica como una fuerza de progreso. Internet ha democratizado el acceso a la información, ha acercado a las personas y ha ampliado oportunidades. Pero conforme la conectividad se vuelve omnipresente, surge una pregunta que merece mucha más atención: ¿qué efectos tiene esta nueva realidad digital sobre la salud mental de quienes crecieron dentro de ella?

La pregunta no es menor. Cerca del 79% de los jóvenes entre 15 y 24 años utilizan Internet. Para millones de adolescentes y jóvenes, el entorno digital ya no es una herramienta complementaria; es el espacio donde estudian, socializan, se entretienen, se informan y construyen buena parte de su identidad.

Las plataformas digitales tienen el potencial de favorecer el desarrollo, el aprendizaje y la interacción social. Sin embargo, cuando su uso se vuelve excesivo o problemático, la exposición prolongada puede afectar negativamente la salud mental y el bienestar, con efectos especialmente marcados entre los grupos más vulnerables.

Nunca antes en la historia de la humanidad una generación había estado tan conectada. Nunca antes había pasado tantas horas expuesta a contenidos, estímulos, mensajes, opiniones y algoritmos diseñados para captar su atención. Y nunca antes habíamos tenido tan poca experiencia para comprender plenamente las consecuencias de largo plazo de esta transformación.

Hace algunos años, la OMS y la UIT alertaron que aproximadamente 1,100 millones de jóvenes estaban en riesgo de sufrir pérdida auditiva debido a la exposición prolongada a niveles elevados de sonido mediante dispositivos personales. Cuando la evidencia mostró que existía un riesgo para la salud física de una generación, la respuesta no consistió únicamente en pedir a los usuarios que fueran más responsables. También se impulsaron medidas de prevención, regulación y diseño para reducir los riesgos.

Hoy podríamos estar frente a un desafío similar, aunque mucho más complejo. La diferencia es que la pérdida auditiva puede medirse; la salud mental, no siempre. No existe una alarma que indique cuándo un adolescente comienza a desarrollar ansiedad por comparación social, o cuándo la búsqueda constante de aprobación digital empieza a deteriorar su autoestima.

Ansiedad, depresión, problemas de sueño, dependencia emocional de las redes sociales, aislamiento, sensación de insuficiencia y ciberacoso forman parte de una conversación cada vez más frecuente entre especialistas, instituciones educativas y familias. Aunque sería simplista atribuir todos estos fenómenos exclusivamente a la tecnología, también sería irresponsable ignorar el papel que los entornos digitales desempeñan como amplificadores de estos riesgos.

Esta influencia suele manifestarse de formas tan cotidianas que pasan desapercibidas. Hace tiempo tomé un coaching para el cambio de hábitos, y uno de los comportamientos que más nos desaconsejaban al alumnado era revisar el teléfono móvil inmediatamente después de despertar. Consultar redes sociales, mensajes o correos electrónicos como primera actividad del día, modifica nuestro estado de ánimo, nuestra capacidad de concentración e incluso la forma en que enfrentamos las horas siguientes. En contraste, iniciar la mañana con ejercicios de respiración, actividad física o simplemente hidratándose produce efectos muy distintos sobre el bienestar y la claridad mental.

Si una acción tan aparentemente inocente es capaz de influir en la forma en que comenzamos el día, vale la pena preguntarnos qué efectos puede tener la exposición constante a entornos digitales durante horas y horas, semana tras semana.

La reflexión se vuelve aún más relevante cuando observamos cómo estamos introduciendo la tecnología en la vida de niñas y niños desde edades cada vez más tempranas. Es muy común ver teléfonos móviles y tabletas convertidos en herramientas para entretener, distraer o mantener ocupados a los menores mientras los adultos atendemos otras actividades. En ocasiones se trata de una necesidad práctica derivada de las exigencias de la vida cotidiana; en otras, simplemente de una costumbre que hemos normalizado. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre las implicaciones que esto puede tener para su desarrollo emocional, su capacidad de atención, su creatividad, su tolerancia a la frustración, o incluso para la construcción de habilidades sociales fundamentales que tradicionalmente se desarrollaban mediante la interacción con personas y con el entorno físico.

No se trata de cuestionar a madres y padres que, entre responsabilidades laborales, familiares y personales, encuentran en la tecnología una herramienta de apoyo. Sería injusto simplificar una realidad mucho más compleja. Lo que sí debemos reconocer es que estamos participando en un fenómeno sin precedentes en la historia de la humanidad. Nunca antes una generación había estado expuesta desde sus primeros años de vida a dispositivos capaces de captar, mantener y dirigir su atención de manera permanente. Conocemos muchos de los beneficios de esta realidad, pero todavía estamos aprendiendo cuáles podrían ser sus efectos de largo plazo sobre el desarrollo cognitivo, emocional y social.

Las plataformas digitales no son neutrales. Detrás de cada aplicación, red social o servicio existe una arquitectura diseñada para captar atención, generar interacción y mantener a los usuarios conectados el mayor tiempo posible. Las notificaciones constantes, la reproducción automática, el desplazamiento infinito y los algoritmos de recomendación no son accidentes tecnológicos. Son decisiones de diseño. En consecuencia, cuando hablamos de bienestar emocional y salud mental, no basta con analizar únicamente el comportamiento de los usuarios; también debemos reflexionar sobre las características de los entornos digitales que moldean sus hábitos, emociones y decisiones.

Inclusión y salud mental, el reto del entorno digital

La UNESCO plantea una reflexión que merece ser tomada en serio: la salud mental de niñas, niños y adolescentes no puede analizarse únicamente desde la psicología o la educación. También debe abordarse desde la ética.

Existe, además, una paradoja que merece especial atención. Mientras la comunidad internacional advierte sobre los riesgos que determinados entornos digitales pueden representar para la salud mental, al mismo tiempo realiza enormes esfuerzos para garantizar que nadie quede excluido de esos mismos espacios.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce que el acceso a la información, las comunicaciones, Internet y las tecnologías digitales constituye una condición indispensable para que millones de personas puedan ejercer plenamente sus derechos, participar en la vida social, acceder a la educación, incorporarse al mercado laboral y desarrollar una vida independiente y autónoma.

No queremos menos inclusión digital; queremos más. No queremos menos acceso a la tecnología; queremos acceso universal. No queremos menos Internet; queremos que nadie quede excluido de sus beneficios.

Sin embargo, conforme avanzamos en la construcción de una sociedad digital más accesible e inclusiva, emerge una nueva responsabilidad: asegurar que esos mismos entornos sean también saludables. Porque una plataforma puede ser técnicamente accesible y, al mismo tiempo, incorporar dinámicas que afectan la atención, el descanso, la autoestima o el bienestar emocional de quienes la utilizan.

La accesibilidad, por sí sola, ya no es suficiente. La verdadera inclusión digital del siglo XXI debe aspirar no solo a que todas las personas puedan acceder a los entornos digitales, sino también a que esos entornos respeten su dignidad, autonomía, bienestar y salud mental.

Quizá este sea uno de los mayores desafíos éticos de nuestra época. Durante años nos preguntamos cómo lograr que todos pudieran entrar al mundo digital. Hoy debemos empezar a preguntarnos qué tipo de mundo digital estamos construyendo para recibirlos.

Por supuesto, sería un error presentar a la tecnología únicamente como una amenaza. El mismo entorno digital que puede amplificar riesgos también puede convertirse en una herramienta extraordinaria para el bienestar. Plataformas de apoyo psicológico, comunidades de acompañamiento, acceso a información confiable y servicios de salud mental son ejemplos de cómo la tecnología puede utilizarse para fortalecer a las personas en lugar de debilitarlas.

Quizá ha llegado el momento de incorporar un nuevo concepto a la conversación pública: la salud pública digital. Así como la sociedad comprendió que la seguridad vial, la vacunación o la prevención de enfermedades requieren una responsabilidad compartida entre ciudadanos, gobiernos, empresas e instituciones, también debemos reconocer que el bienestar emocional en los entornos digitales merece una visión colectiva.

El éxito de la transformación digital no debería medirse únicamente por el número de personas conectadas, sino también por la capacidad de los entornos digitales para contribuir al bienestar de quienes los habitan.

Porque la pregunta verdaderamente importante ya no es cuánto tiempo pasan conectados los menores de edad. La pregunta es qué está ocurriendo con ellos mientras están conectados. Y la respuesta a esa pregunta definirá buena parte de la salud mental de las próximas generaciones.

Referencias y lecturas recomendadas

El presente artículo retoma información, datos y reflexiones desarrolladas por organismos internacionales especializados en salud, ética, inclusión y transformación digital, entre los que destacan:

  • Comité Internacional de Bioética (IBC) de la UNESCO. Ethical Considerations for Youth Mental Health in the Digital Environment.
  • Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). New WHO-ITU Standard Aims to Prevent Hearing Loss Among 1.1 Billion Young People.
  • Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). Facts and Figures 2024: Youth Internet Use and Mobile Phone Ownership.
  • Organización de las Naciones Unidas. Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.
  • UNICEF. Estudios e informes sobre bienestar digital y salud mental de niñas, niños y adolescentes.

Las opiniones, reflexiones y conclusiones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor.

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