Un siglo después: cómo Metrópolis imaginó el mundo en 2026
Un año nuevo acaba de comenzar y, aunque estamos acostumbrados a mirar hacia adelante, vale la pena hacer el ejercicio contrario: mirar cómo el pasado imaginó el futuro, en este caso, nuestro presente, el año 2026. Pocas obras lo hicieron con tanta ambición y advertencia como el clásico del cine Metrópolis (1927), una distopía futurista del expresionismo alemán, ambienta dirigida por Fritz Lang y escrita junto a Thea von Harbou, basada en la novela homónima que ella misma publicó en 1926.
A casi 100 años de su estreno, Metrópolis sigue siendo una referencia obligada cuando se habla del futuro, la sociedad y los medios de producción. Es aquí donde el paralelismo con nuestra realidad se vuelve inquietante.
¿De qué trata Metrópolis?
La historia se sitúa en una gigantesca ciudad del futuro donde la sociedad está dividida en dos mundos completamente separados: Arriba, una élite que vive entre jardines, torres monumentales y placeres constantes. Abajo, una clase trabajadora que habita en espacios subterráneos y dedica su vida a operar las máquinas que mantienen viva la ciudad.
El protagonista, Freder, hijo del poderoso gobernante de la ciudad, descubre la realidad de los obreros y queda impactado por la brutal desigualdad. En paralelo, surge la figura de María, una joven que predica la reconciliación entre clases, y su versión artificial: un androide creado para manipular, dividir y controlar a las masas.
Desde ahí, la película se convierte en una reflexión sobre poder, trabajo, tecnología y control social.
La crítica al sistema: más vigente de lo que parece
Aunque Metrópolis suele recordarse por su estética futurista, el verdadero corazón de la película es su crítica al sistema industrial y capitalista extremo. Lang y von Harbou no estaban imaginando un futuro lejano: estaban exagerando el presente que vivían en la Alemania de entreguerras.
La película plantea una pregunta incómoda:
¿Qué ocurre cuando el progreso solo beneficia a unos cuantos y deshumaniza al resto?
En Metrópolis, los trabajadores no son individuos, sino piezas intercambiables. Sus cuerpos alimentan a las máquinas, y su cansancio es irrelevante. El mensaje es claro: la tecnología sin ética no libera, oprime.
En 2026, aunque no vivimos bajo tierra ni operamos enormes palancas, la analogía es evidente: Jornadas laborales extensas, automatización que sustituye personas, desigualdad económica cada vez más marcada, el trabajo invisible que sostiene el “progreso”. La ciudad futurista de Lang no está tan lejos de nuestras grandes metrópolis modernas.
La censura y el miedo a su mensaje
Metrópolis no fue bien recibida por todos. Desde su estreno, sufrió censura y múltiples cortes, especialmente en países donde su mensaje era considerado peligroso. Se eliminaron escenas completas, se modificó la narrativa y durante décadas circularon versiones incompletas.
¿Por qué tanto problema con una película de ciencia ficción?
Porque Metrópolis no hablaba solo de robots y edificios: hablaba de lucha de clases, manipulación de masas y rebelión social. En una época marcada por tensiones políticas, su contenido resultaba incómodo tanto para gobiernos autoritarios como para sectores industriales.
No fue sino hasta el siglo XXI que se logró una restauración más cercana a la visión original de Lang.
¿Se equivocaron al imaginar el futuro?
Tecnológicamente, sí… y no. No tenemos ciudades verticales con autopistas aéreas ni androides idénticos a humanos (todavía), pero el error no está en las máquinas, sino en pensar que el futuro se define solo por gadgets.
Donde Metrópolis fue sorprendentemente precisa es en lo sociológico: La separación entre quienes toman decisiones y quienes ejecutan, el uso del miedo y el caos como forma de control, la promesa del progreso como justificación de la desigualdad.
En 1927, Lang y von Harbou entendieron algo clave: el futuro no lo define la tecnología, sino cómo se organiza la sociedad alrededor de ella.
El mensaje final y su eco en 2026
La frase más famosa de la película resume su postura: “El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón.”
Más allá de lo idealista que pueda parecer hoy, el mensaje sigue resonando: sin empatía, diálogo y responsabilidad social, cualquier avance termina volviéndose contra nosotros.
En este inicio de 2026, Metrópolis no se siente como una película antigua, sino como un espejo incómodo. No acertó en cómo se vería el futuro, pero sí en cómo podríamos llegar a sentirnos dentro de él.
