La pregunta incómoda: ¿La IA nos habría hecho mejores realmente?

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La pregunta incómoda: ¿La IA nos habría hecho mejores realmente?
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Lo prometido es deuda, así que toca afrontar la pregunta inevitable: ¿seríamos hoy más inteligentes, más enfocados y productivos si quienes pasamos por las aulas en los años ochenta, noventa o en la primera década de este siglo, hubiéramos tenido estas herramientas?

Sin duda, entre las personas lectoras —sí, personas lectoras— de mi entrega anterior, la pregunta ya provocó posturas encontradas. Y eso, en realidad, es una buena señal.

En estos días me di a la tarea de debatir el tema con madres y padres de familia, con mi hijo, mis hijas, profesionistas y estudiantes; todos jóvenes o con hijos adolescentes. El primer hallazgo fue curioso: aunque hoy tenemos disponibles una buena cantidad de sistemas de inteligencia artificial tipo LLM —large language models, o en español, modelos de lenguaje de gran tamaño—, su uso en versiones gratuitas sigue teniendo límites bastante claros.

Cuando la curiosidad, el análisis, las preguntas, la generación de imágenes, contenidos y documentos rebasan cierto umbral, la herramienta simplemente te pide que continúes mañana. Exactamente como cuando mi mamá me decía que ya era hora de apagar la televisión e irme a dormir. Claro, siempre existe la alternativa de pagar una versión de costo para seguir adelante… y sentirte, al menos por un rato, un poco menos limitado.

Me sorprendió gratamente saber que, en algunas escuelas, la cultura de la IA ya ha permeado. Incluso se pide a las y los estudiantes que se apoyen en ella para generar puntos de vista, siempre y cuando expliquen el razonamiento y, mejor aún, presenten las fuentes de donde se obtuvo la información base.

La mayoría de las madres y padres con quienes platiqué coincide en que la IA es una buena herramienta, siempre que se utilice como apoyo y no como una búsqueda simplona del resultado final en trabajos escolares, investigaciones universitarias o documentos de posgrado. Sin embargo, al conversar con jóvenes que cursan educación básica y media, la situación empieza a cambiar.

Para ellos, el uso de la IA ya no siempre se limita al ámbito académico. Se extiende —e invade— lo personal y lo social. Hay quienes utilizan imágenes o datos de personas para colocarlas en supuestos que pueden derivar en delitos y claras violaciones a la privacidad. Y esto ocurre sin distinción de género. Interesante saber que también hay quienes hacen planteamientos acerca de su salud y cómo solucionarlos. El caso más recurrente tiene que ver con sentirse solo, ansioso, deprimido, en fin, complicaciones de nuestro tiempo y que, de alguna manera, están sustituyendo la comunicación dentro del núcleo familiar o el círculo social y que, a título personal, encuentro como un foco rojo que deberemos cuidar.

En conversación con personas de la llamada Generación Z, la opinión mayoritaria es clara: el sistema educativo tiene que avanzar al ritmo de la revolución tecnológica, pero hacerlo de manera consciente. Coinciden en que estas herramientas deben entenderse como lo que son —herramientas— y no como sustitutos absolutos del pensamiento propio. Usarlas sin criterio, advierten, puede terminar perjudicando a las nuevas generaciones. Lo que también se reconoce prácticamente de manera unánime es que esto sí los ha vuelto flojos y es una preocupación latente que la inmediatez los consuma y como todo, la mente, el cuerpo y el alma tienen que ejercitarse y esa no es la mejor manera para ninguno de los tres aspectos.

Desde su realidad, no hay duda de que la inteligencia artificial acelera el acceso a la información, mucho más que acudir a una biblioteca para buscar un dato específico en un libro, y que además optimiza procesos en prácticamente cualquier área. Bajo esta lógica, se abre una posibilidad interesante: que la lectura se concentre cada vez más en novelas, poesía y biografías, mientras que los libros técnicos comiencen a desaparecer de los libreros físicos. Una idea que, lo confieso, me resulta sumamente valiosa… y que muy probablemente adopte en el corto plazo.

Hasta aquí, el consenso parece razonable —y predecible—: la inteligencia artificial no es el problema en sí misma, sino la forma en que decidimos integrarla a nuestra vida cotidiana y, sobre todo, a los procesos educativos.

Con todo este conocimiento no generado por la IA, ahora sí me di a la tarea de conversar con mis amigos “chochenteros” y noventeros para intercambiar ideas. Inevitablemente, hemos tenido que incorporar los LLM en el día a día. De hecho, varios colegas ya los utilizan como parte de su trabajo, implementando soluciones ad hoc dentro de sus propios entornos, apoyándose en opciones como LLaMA o DeepSeek, que mantienen abiertos algunos de sus componentes de software para adaptarlos a contextos empresariales específicos.

La opinión, tanto en lo laboral como en lo académico, es mayoritariamente positiva: ahorro de tiempo, mayor claridad y la posibilidad de llegar a conclusiones más rápidas y concisas. Nuestra formación —basada en metodologías más manuales y en un uso más constante del método científico para investigar— nos ha dado cierta fortaleza para construir escenarios, asumir roles, definir parámetros y exprimir mejor estas herramientas.

Sin embargo, queda claro que sin esas bases que podríamos llamar no tecnológicas, nuestro cerebro difícilmente aprovecharía la IA como hoy lo hacemos quienes ya la hemos incorporado de forma consciente. Y aquí aparece una contradicción interesante: un porcentaje nada menor de mis contemporáneos simplemente no la utiliza. Prefieren seguir recurriendo a búsquedas tradicionales en la web, ignorando incluso las definiciones y sugerencias que hoy ofrecen agentes como Gemini o Copilot, y avanzan línea por línea entre resultados, bibliotecas virtuales, compilaciones de artículos y largos archivos PDF.

Este tipo de prácticas sigue siendo habitual en nuestros grupos de chat, aunque sin demasiado interés en utilizar la IA como un medio para facilitar el trabajo. Incluso hubo quien, en tono de broma —o quizá no tanto—, me dijo que si empezaba a usarla se iba a acabar el chiste de la investigación… o peor aún, que se nos iba a olvidar pensar. Y, “si ya con herramientas de comunicación como WhatsApp o Telegram se me está olvidando hablar y escribir a mano, ¡imagínate!”

Quienes están más metidos en el tema sí expresan una preocupación legítima: que estos esquemas de uso abierto sigan avanzando sin una legislación clara ni marcos normativos sólidos basados en la ética. Las noticias recientes lo confirman: robos de identidad, desnudos generados por IA circulando en redes, imágenes manipuladas para construir o destruir reputaciones, falsificaciones y usos que rebasan los principios y valores más elementales.

Al mismo tiempo, sería tan ingenuo ignorar sus beneficios como los intereses económicos que han impulsado su adopción masiva, casi como una moda. La inteligencia artificial ya aporta ventajas conocidas en temas de seguridad, reconocimiento de patrones, detección de fraudes, identificación de riesgos y combate a distintos tipos de delitos. Como ocurre con casi todo avance tecnológico relevante, no es intrínsecamente buena ni mala: su impacto depende de quién la usa, cómo la usa y, sobre todo, con qué límites.

En fin, con toda esta información —no generada por IA— que les comparto y que seguramente, una vez publicada en la web, se sumará en algunos bytes más a los incontables petabytes o exabytes que habitan la gran red de millones de servidores, y que tarde o temprano serán reutilizados por la propia inteligencia artificial—, creo que estoy en posición de afirmar algo incómodo: probablemente no seríamos hoy más inteligentes, más enfocados ni más productivos si quienes pasamos por las aulas en los años ochenta, noventa o en la primera década de este siglo hubiéramos tenido estas herramientas.

Nuestro cerebro funciona como funciona, precisamente porque no contábamos con tecnología personal. Los ochenteros informáticos llegamos cuando se despedían las cintas y las terminales conectadas a mainframes y minicomputadoras. Fuimos testigos y protagonistas del auge de la computadora personal, del internet incipiente, de las redes locales y, finalmente, de la nube. Más que mejores o peores, nos hicimos resilientes. Una cualidad que, creo, escasea en generaciones que ya nacieron completamente tecnificadas y sin mucha resistencia a la frustración.

Lo que sí es innegable es que el momento de pasar la estafeta se acerca, tal como alguna vez lo hicieron nuestros maestros con nosotros. Y quizá, más que enseñarles a usar nuevas herramientas, nuestro verdadero reto sea enseñarles a pensar cuando las herramientas ya lo hacen casi todo.

Pero también necesitamos enseñar a las nuevas generaciones —y recordarnos a nosotros mismos— a hablar sin intermediarios tecnológicos: a relacionarnos en persona, a declararnos y también a cerrar ciclos cara a cara. A pensar sin sobre pensar, porque la tecnología, aunque nos ha dado más tiempo, no siempre nos ha enseñado qué hacer con él y muchas veces termina empujándonos a no hacer nada realmente valioso y ser un ocioso más, recordando que la ociosidad es la madre de todos los vicios.

No recuerdo haberles dicho a mis padres que estaba aburrido, salvo cuando me tocaba acompañarlos a reuniones de adultos. Hoy el aburrimiento parece ser algo que hay que evitar a toda costa. Tal vez por eso sea momento de volver a ser creativos sin la ayuda constante de la IA y de la web. No es casualidad que muchas personas sientan que usar inteligencia artificial para resolver algo se asemeja, de alguna forma, a hacer trampa.

Hagamos ejercicio físico y mental. Disfrutemos de días de campo, de visitas a museos y centros históricos, de vivir más en la naturaleza. Recuperemos el asombro. Como diría algún sabio: no perdamos la capacidad de sorprendernos.

Y si observamos a la cantidad de jóvenes que ya lo hacen, probablemente nos llevemos una sorpresa. Tal vez el futuro no sea tan distinto. Tal vez solo somos nosotros los que vamos llegando tarde.


Javier Chávez G. | Innovador en transformación digital. Gobierno Digital 4.0. Tecnología que simplifica, no que estorba.

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