Inteligencia artificial y trabajo: lo que realmente cambió en 2025
La inteligencia artificial es una herramienta poderosa, sí, pero no sustituye el conocimiento del contexto, la responsabilidad profesional, el criterio humano ni la intención.
Quiero aprovechar este inicio de año para seguir hablando de un tema que, querámoslo o no, ya forma parte de nuestra vida cotidiana: la inteligencia artificial.
En esta ocasión, quiero compartir una experiencia muy concreta: lo que significó el año 2025 en el ámbito laboral, observando su uso en la forma más simple y extendida, es decir, desde la perspectiva del usuario común que la adopta principalmente como una herramienta de apoyo a la productividad.
No se trata de desconocer —ni mucho menos minimizar— los alcances más avanzados, técnicos o especializados de la inteligencia artificial, sino de situarme deliberadamente en el terreno donde hoy se concentra su uso cotidiano: la redacción, el análisis preliminar y la optimización del tiempo dentro de la estructura organizacional que me tocó vivir este año que acaba de pasar.
Desde ahí, con algunos agentes de inteligencia artificial trabajando de manera cada vez más intensa, fue posible identificar cambios claros, beneficios inmediatos y, también, límites que no siempre se advierten a primera vista.
Debo decirlo desde el inicio: no fue una gran sorpresa. En muchos sentidos, ya lo esperábamos. Sin embargo, hubo momentos en los que el cambio se volvió evidente de forma casi inmediata. De un día para otro, todos los documentos que llegaban para revisión y firma —oficios, manuales, memorándums, informes— comenzaron a mostrar una redacción prácticamente perfecta.
Las faltas de ortografía desaparecieron, las ideas parecían ordenadas y claras, y comenzaron a aparecer palabras que, con toda seguridad, muchas de las personas que enviaban esos documentos ni siquiera sabían que existían, pero que ya formaban parte de la jerga habitual de la documentación administrativa.
Si hablamos de la justificación, planteamiento y hasta análisis y diseño de proyectos, la Inteligencia Artificial nos puede abrevar mucho el camino pero no nos va a dar el detalle concluyente de lo que queremos realmente lograr. Presentar el proyecto tal cual sería un error mayúsculo y cómo decimos en México, una tremenda chamuscada.
Ese fue, sin duda, el primer gran cambio observable en términos laborales y de productividad. El beneficio es evidente… y también lo es, el primer problema.
Siendo mi formación profesional mayormente como administrador de tecnologías de la información y las telecomunicaciones en diversas instituciones, sería injusto no reconocerlo: la inteligencia artificial sí trajo beneficios tangibles, especialmente en la forma. La redacción mejoró, los textos se volvieron más claros y “profesionales”, las gráficas fueron más enfocadas, vistosas y sensibles, y el tiempo dedicado a corregir aspectos básicos disminuyó considerablemente, pero al momento de explicarlas, al menos habría que saber de qué se tratan.
Sin embargo, muy pronto apareció una limitación importante. Muchos de estos documentos deben estar sustentados en aspectos normativos internos, legales y, en algunos casos, técnicos. Y esos fundamentos no pueden entenderse fuera del contexto específico de cada organización, de cada área administrativa y de cada marco regulatorio vigente.
En muchos casos, se empezó a usar con temor, casi a escondidas, como si se tratara de un gran plagio o delito y que de la noche a la mañana todos hubiéramos adquirido una redacción impecable, una ortografía perfecta y un enfoque técnico sólido. Pero faltaba algo esencial y ahí fue cuando apareció la primera gran falla en la utilización de la inteligencia artificial en el ámbito laboral sin una guía específica, orden y sobre todo la firme convicción de que no siempre nos va a sustituir.
El contexto no se adivina ni se crea de manera espontánea. Faltaría responder preguntas fundamentales:
- ¿En qué entorno estoy trabajando?
- ¿Quién soy dentro de la organización?
- ¿Cuál es mi papel?
- ¿Desde qué posición se están redactando estos documentos?
- ¿Qué enfoque le quiero dar?
- ¿Qué resultado esperas?
Y esto es algo que la inteligencia artificial no puede sustituir por sí sola. Hay que alimentarla. Hay que decirle en qué contexto opera.
Yo no diría que la inteligencia artificial “aprende” en un sentido humano, pero sí lo hace de manera estadística, a partir de la repetición y detección de patrones. Aun así, prefiero decir que primero necesita conocer: conocer el ámbito, el tipo de documentación, los marcos normativos aplicables y, muy importante, qué tan actualizada debe estar esa información. Sin ese contexto, la mejora se queda únicamente en la forma, no en el fondo.
Una experiencia compartida
He platicado con varios colegas que también han incorporado el uso agentes de inteligencia artificial para hacer más productivas las tareas administrativas, mejorar sus redacciones, encontrar más rápido dentro de su acervo y hasta escribir algunas tesis de solución a problemáticas del ámbito jurídico, y la experiencia ha sido muy similar.
Invariablemente, aun conociendo la norma y la legislación, la inteligencia artificial no es exacta en los artículos, en los conceptos, los criterios, ni en las particularidades legales. Lo que hace es aglutinar información, clasificarla y ofrecerla de manera cada vez más refinada. A eso es a lo que comúnmente se le llama “aprendizaje”.
Desde un punto de vista más simple, no es otra cosa que selección, clasificación y reorganización de información que ya existe, que ya fue generada por personas y que el sistema procesa con enorme velocidad y potencia tecnológica.
Ni infalible ni autónoma
No debemos olvidar algo fundamental: la inteligencia artificial –como nos la muestran comercialmente–, no es infalible, ni mucho menos autónoma en términos de criterio.
Está construida a partir de información que hemos depositado en la nube: información buena, mala, regular; experiencias profesionales, personales, gratas y no tan gratas. Y conforme le vamos dando contexto, le vamos indicando en qué entorno debe trabajar, así es como cada agente de inteligencia artificial se comporta frente a nuestra información.
Por eso, el segundo punto clave es que no debemos generar una confianza ciega en que toda la documentación o todas las respuestas que nos entregue serán correctas o veraces.
Muchos hemos vivido ya esa experiencia en la que, tras un cuestionamiento más preciso, la propia inteligencia artificial responde algo como: “tienes razón, la información que te di no es exacta”. No sin antes darte unas palmaditas comentando que “tienes una inteligencia muy aguda”, ofrece seguir buscando, seguir intentando, hasta acercarse realmente a lo que queremos encontrar.
Es claro que, conforme se va alimentando y corrigiendo cada respuesta, la Inteligencia Artificial (IA) se vuelve más certera. Su funcionamiento, cuando se acerca a lo que muchos llaman “lo perfecto”, (Aunque bien decía mi algún día jefe, Don Pepe Levy: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”), puede entenderse mejor con una imagen muy simple: una oficina privada.
En esa oficina se van acumulando papeles por todos lados conforme los vas necesitando. No hay un orden inicial impecable, pero sí hay algo fundamental: un experto archivista. Ese archivista se encarga de ordenar, clasificar y priorizar la información, de tal manera que, en el momento en que necesitas incorporar un dato, puedes hacerlo con precisión y velocidad.
Y aquí hay algo importante que no debe perderse de vista: en ningún momento he dejado fuera de la ecuación la participación humana de quien origina. Si tú no existieras, no habría quién hiciera los cuestionamientos correctos. No habría quien supiera que cierta información existe en ese archivo, ni quien decidiera cuándo es necesario ir a buscarla afuera, y hacerlo con las debidas precauciones.
La inteligencia artificial no pregunta por sí sola, no duda, no sospecha y no prioriza desde el criterio humano. Eso lo sigues aportando tú. Por eso, el funcionamiento adecuado de la IA no es automático ni espontáneo. No trabaja correctamente sin preparación, sin estudio, sin experiencia y sin la capacidad de detectar problemáticas y oportunidades antes de enfrentarse al enorme aparato que representa la inteligencia artificial.
Así de simple: la IA potencia, ordena y acelera, pero no sustituye el juicio, ni la comprensión del contexto, ni la responsabilidad de quien decide usarla. Que quede claro, construye su propio juicio, pero si comete un error, ella misma se deslindará. Esto es a semejanza de un árbol de decisiones: si te fuiste por el camino incorrecto, mala tarde amigo.
El verdadero valor sigue estando en las personas
Nos ayuda a escribir mejor, más rápido y con mayor claridad, pero la justificación, el sustento y la toma de decisiones siguen estando —y deben seguir estando— en manos de las personas.
Quizá ese sea el verdadero aprendizaje que nos dejó 2025: no es que la inteligencia artificial piense por nosotros, sino que nos obliga a pensar mejor cómo la usamos.
Y para cerrar, quiero abrir mesa para una siguiente entrega, quizá un poco ochentera: ¿Seríamos más inteligentes, más enfocados y productivos si quienes pasamos por las aulas en esa década hubiéramos tenido estas herramientas?
Yo no me imagino sin asistir a bibliotecas, comprar libros, consultar hemerotecas, construir debates, asumir riesgos, ver películas, obras de teatro y reescribir conclusiones.
Estoy de acuerdo en que entre más herramientas tenemos, más podemos enfocarnos en lo importante. Pero, poniendo todo en la balanza, queda la pregunta abierta: ¿esto ha sido un beneficio o un retroceso para nuestros hijos? ¿La inmediatez y la información siempre disponible nos ha hecho realmente mejores personas?
Para muestra, un botón: Le pedí a la inteligencia artificial que mejorara este texto. Lo hizo. Después lo leí. Y entonces decidí no hacerle caso. Quizá me esté ganando la nostalgia ochentera, pero también es cierto que en este caso concreto preferí privilegiar la intención, el contexto y la experiencia sobre la forma impecable.
Seguramente el resultado no sería el mismo si estuviera abordando temas con mayor carga estadística, conceptual, técnica o legal, donde la inteligencia artificial puede aportar profundidad, estructura y velocidad difíciles de igualar.
Como en casi todo, habrá que ser selectivos: usarla donde suma y cuestionarla donde puede confundir el fondo. De lo contrario, el riesgo no es tecnológico, sino humano: confundir claridad con comprensión y comodidad con conocimiento, y quedar cómodamente instalados en una profunda ignorancia bien redactada.
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